La diversidad: "Dáme una G, dáme una A, dáme una Y... ¿Qué dice?"
Los gays: de lo indecible a lo argumentativo

La noción de diversidad es en sí misma un espacio cultural y psicológico donde se acrecienta el reconocimiento de los sectores excluidos. El más sujeto al despotismo del racismo y el sexismo es el sector indígena (once o doce millones en el país), lo que se transparenta a partir de la rebelión del EZLN en 1994. Otros movimientos de la diversidad son las Comunidades Eclesiales de Base, los jóvenes anarquistas, los grupos defensores de los derechos de los animales, y el movimiento de liberación lésbico-homosexual. En el caso de este último la dimensión psicológica y moral se pone de relieve debido al machismo dominante.

En la segunda mitad del siglo XIX se adapta en América Latina el Código Napoleónico, que al no prohibir expresamente la homosexualidad lleva a estrategias de disimulo represivo animadas por una fórmula tan abstracta o concreta como se quiera: "Faltas a la moral y las buenas costumbres". Si lo no prohibido está permitido, a lo permitido se le hostiga durante una larga etapa. No, la ley no dice nada al respecto, se argumenta, pero eso se debe a lo inconcebible de la existencia de seres "anormales". La legislación no escrita se inicia en el asco, teatral y genuino, como en todos los países.

A lo largo de la historia de México, a los homosexuales se les quema vivos, se les lincha moral y/o físicamente, se les expulsa de sus familias, de sus comunidades y (con frecuencia) de sus empleos, se les encarcela por el solo delito de su orientación sexual (por quince días o varios años), se les exhibe sin conmiseración alguna y se les excomulga. Y en años recientes, se les discrimina con aspereza por el sida. "Por ser lo que son y como son", el siglo XX les depara a los gays una dosis generosa de razzias, vandalismo judicial, extorsiones, golpizas, burlas rituales; en síntesis, los protocolos de la deshumanización. No hay respeto ni tolerancia para los maricones, los putos, los afeminados, los sodomitas, los mujercitos. Convencida del descrédito unánime de "las locas", la sociedad repudia a los gays de modo categórico y aún ahora mantiene la intolerancia en diversas zonas. "Que hagan lo que quieran mientras no lo hagan en público y no se metan conmigo". O como señala el clero católico: "Que hagan lo que quieran mientras no hagan nada".

México es un país formalmente laico, y el poder del Estado desplaza las pretensiones teocráticas. Pero con escasas excepciones, los gobernantes aceptan los dictados del tradicionalismo en la vida cotidiana, y al unísono liberales, conservadores e izquierdistas se indignan ante los "defectos de la Naturaleza". Por eso, a todos les resulta normal -nadie los defiende, nadie protesta- el envío de los homosexuales a la cárcel porque se mueven y hablan "así". Se les victima con saña, con demasiadas puñaladas o por estrangulamiento ("un crimen típico de homosexuales", afirman la prensa y las autoridades policíacas, en vez de señalar "es un crimen típico contra homosexuales") y tras cada asesinato se detiene a los amigos del gay para chantajearlos y acrecentar la impunidad de los asesinos. Con el escudo de "la moral y las buenas costumbres", se destruyen vidas y se provocan catástrofes familiares. Hasta antes de la rebelión de Stonewell, nadie sale del closet si puede evitarlo, porque tal martirio no conduce a beatificación alguna.

Parte de la contribución de Carlos Monsiváis para México hoy, que se publica en el otoño de 2003 en la casa editorial Iberoamericana/Vervuert-Verlag, Francfort del Meno-Madrid

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